Si nos paramos a pensar por un segundo en nuestra trayectoria, caemos en la cuenta de que la vida puede estar llena de momentos que nos disparan la necesaria adrenalina, esa hormona que nos empuja a lanzarnos al vacío sin red, que nos empuja a hacer, decir o sentir.

La adrenalina y las situaciones que nos la activan, muta de manera paralela a la que mutan las nuevas generaciones ansiosas por vivir experiencias que marquen las líneas de sus mapas vitales.

A poco que observemos el estilo de vida y las pautas que se han ido instaurando en el SXXI, reparamos en que el motor de nuestra sociedad funciona a una velocidad de vértigo y lo que a generaciones anteriores les suponía una emoción fuerte ahora puede ser solo un juego de niños.

Pensad en nuestra infancia, en cómo se aceleraba nuestro ritmo cardíaco cuando llamábamos a las puertas y salíamos corriendo y observad a un niño de hoy y la emoción que le produce ir pasando las pantallas de un sofisticado videojuego que es más una realidad virtual.

La adicción a la adrenalina es algo común a todos y, aunque esa necesidad de sentirla y de cómo sentirla va en función de la valentía que cada uno tenga, todos sucumbimos, en algún momento, a su efecto, al hormigueo en el estómago y a las respiraciones profundas que nos provoca.

Practicar deportes de riesgo, subir a la cima de una montaña, estrenar el cuero de la piel con un primer tatuaje, agujerear nuestras orejas, hacer puenting, vivir la intensidad de un festival escuchando la música que nos estremece o ver que tu crush te contesta a un story.

Hacer skate, coger una mochila y recorrer el mundo con la única compañía de la ilusión, atrevernos a ser creativos y soñar con vivir de ello, declarar tu amor a esa persona con la que te imaginas el resto de tu vida.

La adrenalina funciona como un resorte dormido que siempre está dispuesto a despertarse, a ser activado y demostrarnos que eso es la vida, el momento en el que no atrevemos a sentir mucho más, a sentir a lo bestia.

Nuestros abuelos y nuestros padres piensan que no hemos inventado nada nuevo, que las emociones fuertes y reales son anteriores a la era de la tecnología, a la era digital, a la libertad sexual y a todos esos a los que se nos denomina millenials.

Crédito: culturainquieta.com

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Por ALF